El Govern de Catalunya acaba de anunciar que quiere prohibir el uso de la IA en las escuelas para menores de 14 años, dentro de un plan más amplio (que llegará como ley antes de marzo de 2027) para reducir el tiempo de pantalla y el uso de redes sociales entre los más jóvenes. El argumento se apoya en datos reales: una Guía de Salud Digital basada en unos 700 estudios, y un hecho que cualquier familia catalana ya conoce, los adolescentes pasan cerca de cinco horas al día delante de una pantalla. Los malos resultados recientes en las pruebas PISA también se atribuyen en parte a las pantallas.
El periodista Saül Gordillo respondió pocos días después, y su objeción vale la pena aunque no tengas hijos en edad escolar: "La pregunta quizá no sea a qué edad dejamos que el alumnado use la IA, sino a qué edad empezamos a enseñarle a entenderla." No dice que la IA en las aulas sea inofensiva. Dice que prohibir y tener una política real no son la misma cosa, y que solo una de las dos cambia de verdad lo que pasa cuando nadie mira.
Ese mismo hueco se lo veo caer a muchos dueños de negocio. No con menores, con su equipo.
La prohibición que no prohíbe nada
Marta lleva una pequeña academia de refuerzo escolar con tres profesoras. Cuando ChatGPT empezó a estar en todas partes, puso una norma: nada de IA en las notas semanales que reciben las familias, porque esas notas importan y no quería que sonaran a carta modelo. Instinto razonable. Norma clara.
Solo que una de sus profesoras iba desbordada casi todos los jueves, y una nota que antes le llevaba quince minutos podía llevarle dos con un borrador de IA. Siguió usándola. Simplemente dejó de contarlo, porque no ganaba nada diciéndolo y sí se saltaba una norma.
Nadie se dio cuenta hasta que una madre preguntó, con buenos modos, por qué la nota de su hijo mencionaba un tema que no habían dado ese trimestre. La profesora había pegado un borrador sin leerlo con suficiente atención para notarlo.
La norma no frenó el uso, frenó la revisión
Esto no habla de una profesora descuidada. Una encuesta global de 2026 a empleados de grandes empresas, hecha por Lenovo, encontró que entre una quinta parte y un tercio de la plantilla usa herramientas de IA sin que el departamento de informática de su empresa tenga ninguna visibilidad sobre ello. Quien ha encontrado algo que de verdad le ahorra tiempo un jueves no deja de usarlo porque exista una norma. Deja de contártelo.
Ese es el coste real de un "aquí no se usa IA": no que se cumpla, sino que la única persona en condiciones de detectar un error, tú, deja de saber que tiene que mirar. La norma te quita la supervisión antes de quitarle a nadie la tentación.
Hace unos días escribimos sobre el error contrario: por qué obligar a tu equipo a usar IA puede fallar hace tanto daño como prohibirla, y por el mismo motivo de fondo. Tanto una orden de "hay que usarla" como una de "no se usa nunca" intentan resolver la pregunta con una sola palabra, en vez de decidir, tarea por tarea, qué necesita una segunda mirada antes de llegar a otra persona.
Lo que cambió Marta
No levantó la prohibición y cruzó los dedos. La sustituyó por una sola línea: la IA puede escribir el primer borrador de la nota, pero ninguna nota sale del centro sin que Marta o la profesora que la escribió la haya leído y pueda señalar un detalle concreto de la sesión de esa semana.
Esa única revisión atrapa casi todo lo que la prohibición quería evitar: un lenguaje que podría servir para cualquier niño, o un dato que esa semana no es verdad. Lo hace sin fingir que la herramienta no existe. Y le costó diez minutos escribirlo y explicarlo, que es justo lo que una prohibición se salta: prohibir parece una decisión, pero casi siempre es una forma de no tomarla.
Cuándo un "no" rotundo sigue siendo lo correcto
Nada de esto significa que todo uso de la IA merezca revisión y luz verde. Hay cosas que merecen un no rotundo por mucho cuidado que se ponga después: enviar algo a Hacienda, a un banco o a un juzgado en tu nombre es un buen sitio para que sea una persona quien escriba, no quien corrija un borrador de IA, porque el coste de un error sutil sigue siendo demasiado alto aunque se detecte tarde. La pregunta no es "IA sí, IA no". Es si revisar el resultado antes de que salga soluciona de verdad el riesgo, o si el riesgo nunca fue realmente cosa de las palabras.
Algo que hacer esta semana
Escribe las dos o tres cosas en tu negocio que de verdad no querrías que tocara una IA sin supervisión, y nómbralas una por una, no "la IA" como categoría entera. Para todo lo demás, cambia "no la uses" por "enséñamelo antes de enviarlo". Detectarás más errores de los que atrapaba la prohibición, porque esta vez podrás verlos.